Carlos Ibarra ingresaba cada tres horas a la página web de banco en el que la Gobernación del estado Sucre le depositaba su pago de nómina, esperaba el depósito de su bono de fin de año. No porque pensara que podría hacer lo de otros años y renovar el color de las paredes de su vivienda, comprar ropa, juguete y calzado a sus dos hijos o adquirir algún electrodoméstico. Lo esperaba para poder comprar algunos alimentos.

Este hombre, de 34 años de edad y asistente administrativo en una dependencia del poder ejecutivo regional con cinco años de trabajo ininterrumpido como tercerizado, espero a que el pago ocurriese la tarde de ese viernes 1° de diciembre. Aunque el anuncio lo había realizado el gobernador Edwin Rojas días atrás y él esperó durante cinco semanas que se concretara el rumor y el mandatario puntualizara el momento en el que pagarían cuatro meses de aguinaldos, el día llegó y más fue lo que esperó que lo que pudo hacer con el dinero.

“Esperé mes y medio por el bono navideño y me duró tres horas”, confesó el trabajador. Había pensado comprar carne, pollo, pescado, cerdo, arroz, pasta, aceite, enlatados, mayonesa, salsa de tomate, azúcar, y algunos gustos como chucherías para sus hijos y alguna bebida alcohólica. Cinco días antes, él y su esposa presupuestaron Bs. 800 mil para esto y el resto, lo usarían para pagar televisión por cable. “La nevera por lo menos estaría llena unos días”, se reconfortó. El pago fue de Bs. 920 mil, a razón de Bs. 230 mil por mes pero cuando fueron a comprar, el concepto de hiperinflación dejó de ser abstracto para convertirse en la realidad que diluyó su dinero.

Un frasco de mayonesa, por ejemplo, pasó de Bs. 34 mil que costaba cinco días antes a Bs. 45 mil, tuvo que comprar aceite vegetal a revendedores y despedirse de la bebida alcohólica cuyo costo alcanzó los 198 mil por un litro de ron. Dejó de comprar enlatados para no llegar a casa con las manos vacías para sus hijos y poder comprarles dos tabletas de chocolate blanco, a Bs. 50 mil cada una. “Todo un año en espera y el pago no alcanzó para un mercado completo”, se lamentó.

A inicios de noviembre, Carlos había hablado con sus dos hijos, dos varones de nueve y doce años respectivamente. Les puso en claro que no habría ropa ni regalos, porque las utilidades de él se invertirían en comida y las que cobraría su esposa serían para renovarles los zapatos y comprar algo para la comida de navidad. “Rompe el alma decirle a los hijos que no puedes darle un gusto, que no van a estrenar como siempre, porque hay una maldita crisis que ellos no entienden”, dijo con ese tono de alguien a quien se le quiebra la voz pero trata de que no se note la frustración.

Mientras Carlos Almandoz gastaba sus utilidades en algo de comida, ese viernes Andreina Rincones, una bioanalista que trabaja bajo la modalidad de contratada en el Hospital Universitario Antonio Patricio de Alcalá (Huapa), cobró la misma cantidad de dinero. Esperaba poder comprarle un pantalón y dos camisas a su hijo de seis años. Esta vez no iría a tiendas convencionales, esta madre soltera localizó una venta de ropa usada donde adquiriría unas camisas a menor precio.

“No es que piense que la ropa es lo más importante, es que mi hijo tiene su ropita que le queda pequeña y ya no tiene casi que vestir, por lo menos los zapatos se los va a regalar una prima, que su hijo dejó unos con poco uso porque no le quedaron más”, justificó. Familiares de Andreina suelen hacerle donaciones de juguetes y ropa de otros niños de la familia que dejan de usar sus prendas. Esto para ella es una ayuda. “Ya uno no ve feo que le regalen lo usado, pero cada vez es menos, porque mis primas tratan de darle el mayor uso a las cosas de sus hijos”, comentó.

Hora y media duró el dinero en su cuenta, el mismo tiempo que le tomó salir de su trabajo e intentar tomar un transporte público para llegar al centro comercial donde vio el pantalón jean nuevo y donde también estaba ubicado el local donde vendían ropa usada. El presupuesto le quedó corto, el pantalón que dos días antes costaba Bs.5 00 mil ya había elevado su precio en Bs. 790 mil, las camisas usadas seguían costando Bs. 80 mil, pero ya no podría adquirir las dos sino una. “No pude comprarle un interior y un par de medias con los 50 mil bolívares que me quedaron, eso me alcanzó para comprarle un helado y llevarlo al parque a mecerlo en un columpio”.

Con los aguinaldos que cobró en el 2016, Andreína pudo comprarle a Harold, su hijo, un paquete de figuras de los Power Rangers como regalo de Niño Jesús, le compró calzado, un estreno y una chaqueta y aportó para la cena navideña de su familia. Este año ni ella, ni ninguno de los familiares que habitan con ella en su hogar, un total de seis personas entre sus padres y tres hermanos, piensa en hallacas o pan de jamón. “No hay, no hay y no hay. Esto se lo llevó quien lo trajo”, dijo.

Retrasos
Para pagar bono navideño y deudas laborales a trabajadores del ejecutivo regional, el gobernador Edwin Rojas había solicitado Bs.151 millones al poder ejecutivo nacional. El monto solicitado le fue dado e ingresó a las arcas del estado Sucre el miércoles 22 de diciembre, pero ese día no se realizaron los pagos.

El jueves 30 de noviembre, el legislador regional y vocero de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), Paul Elguezabal denunciaba que había “retrasos deliberados” del mandatario regional, para cancelar el bono de fin de año a los trabajadores de la Gobernación, un ente que tiene una nómina aproximada de 30 mil empleados y unos diez mil tercerizados, un cálculo que se realiza desde entes sindicales y que no se trata de una cifra oficial porque la institución no da a conocer la cantidad de contratados, ni las dependencias en las que prestan servicios.

El decreto en el que se estipulaban los de gastos de los Bs. 151 millones debía ser aprobado por el Consejo Legislativo del estado Sucre (Cles), para poder ser procesado en Tesorería regional y pagado a los trabajadores. Sin embargo, a pesar de que el dinero estuvo disponible desde el 22 de noviembre, no fue sino hasta el 1° de diciembre que se efectuaron los pagos. “Parece que los del Gobierno no entienden que hay un proceso de hiperinflación, que cada vez hace menos el dinero de los trabajadores”, dijo Elguezabal.

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